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TERREMOTOS EN VENEZUELA: CRÓNICA DE UN PAÍS ENTRE ESCOMBROS
07/07/2026

Venezuela enfrenta una de las mayores tragedias de su historia reciente tras los terremotos que dejaron cientos de muertos, miles de heridos y graves daños en varias regiones del país. Cuando la tierra comenzó a moverse, Ayrton Monsalve, el autor de esta crónica, llevaba menos de un mes de regreso en Venezuela tras más de un año de exilio forzado. Este texto es publicado con la autorización de la revista CAMBIO de Colombia. LEER MÁS ....

CARACAS.- Decidí tomar el Metro de Caracas aquella mañana del 24 de junio, el día de los dos terremotos que cimbraron a Venezuela. Aunque no era el camino más corto ni el más práctico hacia la Plaza Venezuela. Lo hice por nostalgia. Quería recorrer esa parte de la ciudad que no frecuentaba desde hacía más de un año, desde que me vi forzado al exilio.


Durante años, el Metro de Caracas formó parte de mi vida cotidiana. En sus vagones fui y volví de la universidad, crucé la ciudad incontables veces y aprendí, como tantos caraqueños, a medir las distancias por estaciones. Hacía más de un año que no recorría esos túneles. Había regresado al país apenas el primero de junio, después de un exilio forzado, y aquel trayecto tenía para mí el extraño significado de los regresos: uno vuelve creyendo que encontrará intactos los lugares que dejó atrás, pero descubre que el tiempo también ha pasado por ellos.


 

Ese miércoles era feriado. Mientras Venezuela conmemoraba la Batalla de Carabobo, miles de personas habían dejado Caracas para dirigirse al litoral central, donde se celebraba San Juan. En La Guaira, especialmente en Naiguatá y los pueblos vecinos, los tambores de San Juan resonaban en el litoral. Horas más tarde, sería la tierra la que empezaría a golpear.


Yo tenía previsto ir, como en efecto lo hice, a cubrir una pauta sobre un intercambio de ideas en torno a la evolución del movimiento LGBTI en Venezuela, a partir de las voces de algunas de las personas que fueron precursoras de este movimiento durante los años ochenta.


Aumenta desesperación en Venezuela; número de muertos por sismos sube a 1,430

 


Daños en la costa de Caraballeda. — Foto: Miguel Medina / AP.


Ya dentro del Metro recuerdo que, a la altura de la estación Miranda, a unas cinco o seis estaciones antes de llegar a Plaza Venezuela, ordenaron desalojar el tren porque una de sus locomotoras comenzó a oler a quemado. Poco después, una de las cabezas del tren empezó a expulsar humo. Uno a uno, evacuaron todos los vagones. Aquello me dejó una sensación extraña. De inmediato pensé en las consecuencias de tantos años de falta de mantenimiento. Lo riesgoso que resulta que un Estado permita que un sistema tan importante como el Metro de Caracas alcance semejantes niveles de deterioro operativo. Aun así, no quedaba otra opción que esperar la llegada de otro tren para continuar el recorrido hasta Plaza Venezuela.


Allí, el salón estaba repleto; unas 60 o 70 personas escuchaban atentamente a los ponentes. En medio de aquella calma, varios celulares comenzaron a emitir alarmas casi al mismo tiempo. Después de un silencio, el sonido comenzó a repetirse. Un teléfono, luego otro, y otro más. En cuestión de segundos la alarma parecía contagiarse entre decenas de dispositivos móviles hasta que, de repente, el suelo empezó a moverse. Todos caímos en cuenta de que estaba temblando.


La reacción fue instintiva. No podía ser de otra manera en un país donde casi no existe una cultura de prevención frente a este tipo de eventos y donde la política pública en materia de gestión de riesgos parece reducirse a aquellos simulacros escolares en los que nos refugiábamos debajo de un pupitre.  Activistas, periodistas, organizadores, miembros de la comunidad y asistentes intentamos abandonar el salón al mismo tiempo. Estrellándonos unos con otros, logramos salir torpemente. Nadie resultó herido.


Llegamos hasta la avenida Libertador, a la altura de Plaza Venezuela. El temblor no cesaba. Era el movimiento sísmico más largo que había experimentado en mi vida. Sentía que no terminaba. A medida que transcurrían los segundos empecé a tener la certeza de que aquello dejaría daños irremediables. Al principio intenté convencerme de que se trataba de un simple sismo. Pero el movimiento no cesaba. Cada segundo adicional apagaba esa esperanza y reforzaba la certeza de que estaba viviendo un terremoto.


A partir de ese momento comenzó una travesía que difícilmente podré olvidar. Sólo quería saber cómo estaba mi familia. Sin embargo, las comunicaciones ya habían colapsado por completo. No había señal, ni datos, y no existía forma alguna de comunicarme con ellos. En medio de esa desesperación recordé que mi micrófono de prensa había quedado dentro del auditorio. Confieso que, de manera irresponsable, decidí regresar corriendo, entrar nuevamente al salón, tomarlo y salir otra vez.


Comenzó entonces un recorrido que mezclaba la angustia de un hijo que necesitaba saber si su familia seguía con vida y el instinto periodístico de quien entendía que era testigo de un hecho histórico. Empecé a caminar desde Plaza Venezuela rumbo al extremo oeste de Caracas, hacia Catia, pidiendo un aventón junto a una amiga con la que me reencontraba después de más de un año de exilio. Ella también tenía a toda su familia en Catia y compartía la misma desesperación. Mientras avanzábamos a pie y tratábamos de conseguir un vehículo que nos acercara poco a poco a nuestro destino, el miedo terminaba mezclándose con conversaciones pendientes de más de un año.



Un hombre mira desde lo alto de escombros en La Guaira. — Foto: Matías Delacroix / AP.


Así, de aventón en aventón, nos aproximamos a Bellas Artes y a las zonas aledañas de San Bernardino. Fue allí donde empezamos a comprobar que ese movimiento sísmico ya había dejado importantes daños materiales. El asfalto era una alfombra de ladrillos destrozados, grandes trozos de fachadas, ladrillos y concreto desprendido. En algunos tramos, la ciudad parecía convertirse en un camino empedrado de cristales rotos.


Pasamos por la Plaza La Candelaria, donde se erige una estatua en honor a nuestro primer santo venezolano, el doctor José Gregorio Hernández. Cientos de personas estaban concentradas en el lugar. Quizás porque se trataba de un espacio público abierto, pero también porque, en momentos como ese, la fe suele convertirse en refugio.


Continuamos atravesando toda La Candelaria hasta llegar a la esquina del Chorro y al inicio de la avenida Fuerzas Armadas. Allí, la imagen que más me impactó fue la de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Parte de su cúpula había caído completamente al suelo. Los fragmentos sobre el pavimento permitían dimensionar la fuerza del terremoto. Por fortuna, según pude observar en ese momento, ese desprendimiento no había impactado a ninguna persona.


Seguimos avanzando. Pasamos frente al Palacio Federal Legislativo y al Palacio de las Academias, sorprendiéndome de que, al menos externamente, ambas edificaciones parecían mantenerse intactas. Más adelante, a la altura del Calvario, donde desemboca la avenida Baralt y comienza la avenida Sucre rumbo a Catia, vi por primera vez una escena que terminó de confirmar la magnitud de lo ocurrido: un vehículo había quedado completamente aplastado por el desprendimiento de una estructura.


Fue justo en ese trayecto, antes de llegar a Catia y atravesando las inmediaciones del Palacio de Miraflores, cuando volví a pensar en todo lo que ese lugar representa para quienes durante años hemos hecho periodismo, activismo o defensa de los derechos humanos. Miraflores no es solamente la sede del Poder Ejecutivo. También ha sido, para buena parte de los venezolanos, un símbolo de animadversión, de rechazo y de miedo por lo que representa el ejercicio del poder político en Venezuela.


Debo confesar que sus funcionarios militares, entre otras cosas, también han encarnado en muchas ocasiones ese rostro del temor por ser quienes ejecutan esas órdenes que, desde el poder, han desatado tanto dolor en medio de la profunda crisis política que vive el país.


Pero lo que jamás me hubiese imaginado terminó ocurriendo.


La batería de mi teléfono estaba casi en cero. Quería seguir documentando, seguir grabando y, además, tener carga suficiente para cuando finalmente llegara a mi casa, preparándome, por supuesto, para lo peor. La mente me jugaba en contra en esos momentos. Así que me acerqué al militar e hice algo que jamás hubiese imaginado hacer. Le dije que era periodista, que necesitaba cargar el teléfono para poder documentar lo que estaba ocurriendo, y me prestó la garita del punto de control de Miraflores para conectar el celular.


Durante esos minutos pudimos intercambiar palabras. Me contó que, justo frente a él, varios vehículos habían chocado en el momento del terremoto. Me dijo que el movimiento había sido muy fuerte, que él también se había asustado. Luego me preguntó cómo veía la ciudad desde el momento en que comenzó a temblar.


Le relaté lo que acababa de ver desde Plaza Venezuela: hombres y mujeres bajando a la calle descalzos, en shorts, en cholas; niños llorando en las aceras; un estruendo continuo de cornetas; automovilistas que conducían a toda velocidad para regresar a sus casas; comercios cerrados, estaciones del Metro clausuradas y un transporte público, ya precario en tiempos normales, sencillamente colapsado. Sin proponérmelo, terminé describiéndole el desconcierto de una ciudad entera.


Él escuchaba con atención. Después nos preguntó a mi amiga y a mí por nuestras familias. Le respondimos que justamente íbamos camino a Catia porque todavía no sabíamos absolutamente nada de ellas. Nos deseó suerte. Permanecimos allí apenas unos 15 minutos, tiempo que consideramos más que suficiente. Tomé de nuevo el teléfono y continuamos nuestro recorrido por la avenida Sucre.



En espera de ayuda sobre los escombros de su hogar en La Guaira. — Foto: Ariana Cubillos / AP.


En el resto del trayecto vimos algunas casas parcialmente colapsadas, fachadas desprendidas, sectores sin electricidad, pero aparentemente nada tan catastrófico como lo que, para la fecha en que escribo estas líneas, ya conocemos. El oeste de Caracas había sufrido daños considerablemente menores que otras zonas de la ciudad. Sin embargo, el miedo seguía estando presente. Había incertidumbre, temor ante la posibilidad de nuevas réplicas y, sobre todo, una ciudadanía autogestionando el desastre. Eran los propios vecinos quienes, ante la ausencia de cualquier autoridad, cerraban las calles donde habían caído postes o cables eléctricos, organizaban el tránsito e intentaban impedir que el desastre dejara nuevos heridos.


Tras recorrer todo ese sector llegué a Gato Negro. Allí me despedí de mi amiga, que debía desviarse para llegar a su casa, y ya me tocaba enfrentar solo la incertidumbre de descubrir con qué me iba a encontrar al llegar a Los Magallanes de Catia, donde vive mi familia. Ella me ayudó a conseguir una moto. Logramos obtener conexión a internet durante unos minutos para poder pagar el viaje mediante pago móvil y emprendí el último tramo del recorrido.


Afortunadamente, al llegar encontré la residencia en pie. Durante los primeros minutos no logré ver a mi familia. Preguntaba a los vecinos, buscaba rostros conocidos, hasta que finalmente di con ellos. Sentí que el alma me volvía al cuerpo. Nos abrazamos, lloramos y, sobre todo, agradecimos el valor de la vida.


Hasta ese momento había observado el desastre desde mi propia angustia, pero a partir de allí pude colocar la mirada sobre los otros, entendiendo que quizás yo había corrido con suerte, pero muchísimas otras personas no. Busqué nuevamente la manera de tener internet, logré compartir los primeros videos que había documentado durante el recorrido y, casi de inmediato, comenzó a llegar un aluvión de mensajes. Había personas que querían saber de sus familiares, otras preguntaban por sectores específicos de Caracas y muchas encontraban algo de tranquilidad al reconocer en mis imágenes lugares por donde yo había pasado y comprobar que, al menos allí, la situación parecía estar medianamente controlada.


Esto ocurría especialmente con venezolanos que hoy viven en el exterior y que veían con angustia cómo el país acababa de ser sacudido por dos terremotos. Fue también en ese momento cuando terminé de comprender la verdadera dimensión de lo ocurrido. Empecé a ver imágenes provenientes del otro extremo de la ciudad, del este de Caracas, donde ya comenzaban a aparecer edificios colapsados y estructuras seriamente comprometidas. Al mismo tiempo, empezaba a posicionarse una idea que, con el paso de las horas, terminaría confirmándose: La Guaira, nuestro litoral central, donde apenas unas horas antes habían sonado los tambores de San Juan, ahora era el lugar donde sonaba el estruendo del derrumbe de una cantidad importante de edificaciones. Poco a poco comenzaba a quedar claro que el litoral central se había convertido en la verdadera zona cero de los terremotos.


La madrugada posterior al terremoto, al igual que muchos habitantes del país, sobre todo de Caracas y La Guaira, la pasamos fuera de nuestros hogares. Unos porque sencillamente ya no los tenían y otros porque nos invadía el miedo a que sucediera una nueva réplica, que las hubo, pero de menor magnitud, que pusiera en riesgo nuestras vidas. Estacionamientos, plazas y espacios abiertos se convirtieron en dormitorios colectivos improvisados para pasar la noche.


A las dos de la mañana las cifras oficiales hablaban de 32 fallecidos. Apenas unas horas después, a las 8:25 de la mañana del 25 de junio, el balance ya era de 164 personas fallecidas y 971 heridas. Había que asumir el día con disciplina y con el compromiso de seguir brindando información en tiempo real desde los lugares afectados.



Ciudadanos buscan a vecinos en Caracas. — Foto: Javier Campos / AP.


Nos desplazamos hacia el este de Caracas, específicamente a Los Palos Grandes, donde al menos tres edificaciones se habían venido abajo. Estuvimos allí conversando con funcionarios de Protección Civil. Aunque oficialmente se rehusaban a ofrecer detalles sobre las labores de rescate, algunos, de manera muy discreta y casi con cautela, nos comentaban que, pese a algunos rescates exitosos de personas con vida, para las horas de la mañana, ya cerca del mediodía había comenzado a recuperar cuerpos sin vida entre los escombros.


Pero así como esto sucedía, en la Universidad Central de Venezuela empezaba a renacer la esperanza y la solidaridad. Los jóvenes estudiantes habían instalado un centro de acopio que progresivamente fue creciendo, evolucionando y convirtiéndose en algo monumental, inspirado por la resiliencia, pero también por la necesidad de un pueblo de autogestionar su propia crisis. Empezó a llegar ayuda de todo tipo, confiando además en los estudiantes y en su capacidad para hacerla llegar a quienes más la necesitaban.


La universidad se volvía un punto de encuentro, de abrazo. Los saludos dejaban de ser solamente un "¿cómo estás?" para convertirse en un "¿cómo estás tú?, ¿cómo está tu familia?, ¿qué pasó con tu casa?". Poco a poco nos fuimos enterando de la realidad que nos rodeaba. Yo ya sabía que al menos dos grandes amigos habían perdido completamente sus viviendas en La Guaira. Empezábamos a sentir muy de cerca el temor de que alguien conocido estuviera desaparecido o hubiese sufrido pérdidas materiales  importantes o incluso pérdidas humanas.


Pero, en mi relato personal, lo más impactante de ese primer día llegó al caer la tarde. El movimiento estudiantil decidió trasladarse a La Guaira para hacer entrega de buena parte del material que se había recolectado durante toda la jornada y, en un autobús de la Universidad Central de Venezuela, emprendimos camino hacia el litoral central.


Lo primero que llamó mi atención fue que la autopista Caracas-La Guaira estaba completamente minada de solidaridad. Motorizados bajaban con cargamentos de agua, camionetas pick-up iban llenas de ropa, alimentos, medicinas y todo tipo de insumos. Parecía que todo el mundo quería aportar, aunque fuera con un pequeño granito de arena, para quienes acababan de perderlo todo.


Pero también hubo algo que me sorprendió profundamente. Apenas se atraviesan los túneles de Boquerón, mucho antes de que aparezca a la vista cualquier señal visible del desastre, comienza un verdadero blackout de las telecomunicaciones. La señal telefónica desaparece casi por completo. No hay datos. No hay llamadas. No hay manera de comunicarse. Ésa era la realidad bajo la cual sobrevivientes, familiares que buscaban a sus seres queridos y voluntarios intentaban coordinar las labores de rescate en La Guaira.


Ya cayendo la noche nos encontrábamos muy cerca de la zona cero. Pasamos por Los Corales y comenzábamos a internarnos en Caraballeda. Las imágenes, que hasta ese momento sólo había visto en redes sociales, aparecían ahora frente a nosotros. Edificios completamente destruidos, infraestructuras desmanteladas. Pero si bien esa devastación podía ser la consecuencia esperable de un terremoto de esa magnitud, hubo algo que no dejaba de conmoverme: las labores de rescate se hacían de una manera dramáticamente precaria.



Momentos después del terremoto en Caracas. — Foto: Ariana Cubillos / AP.


Eran familiares, vecinos, amigos e incluso funcionarios de los distintos organismos de seguridad competentes quienes buscaban sobrevivientes alumbrándose con las linternas de sus propios teléfonos celulares o con pequeñas lámparas. Había muy poca maquinaria especializada y las herramientas adecuadas escaseaban.


Fue allí donde terminé de confirmar algo que ya me venía rondando la cabeza desde el día anterior. El mismo Estado que lleva años sin poder garantizar el mantenimiento adecuado de uno de los sistemas de transporte más importantes del país, el Metro de Caracas, difícilmente podía responder con eficiencia a una emergencia de semejante magnitud. Lo que estaba viendo no sólo era la consecuencia de un terremoto. También era el reflejo de años de ausencia institucional para atender un desastre de estas dimensiones.


Y eso era lo que más me golpeaba. Lo que más me retumbaba en la cabeza y en el corazón durante toda esa cobertura. Poco a poco nos fuimos acercando hacia Playa El Yaque, Playa Caribe y sectores cercanos a Naiguatá. Los estudiantes estaban haciendo lo suyo, ayudando también e, incluso, lamentablemente, identificando cuerpos.


Ya entrada la noche ocurrió algo que ninguno de nosotros esperaba. De un momento a otro comenzó a correr el rumor de una alerta de tsunami.


Nadie sabía si era cierto. Nadie tenía cómo verificarla. No había conectividad para consultar fuentes oficiales, ni medios de comunicación. Pero bastó que alguien gritara la palabra "tsunami" para que el miedo se propagara a una velocidad impresionante.


Los habitantes corrían hacia la montaña; los voluntarios, hacia nuestros vehículos. Incluso quienes dudamos de que aquella información fuera cierta terminamos corriendo también, porque la estampida era imposible de ignorar.


El tránsito se volvió hostil. Cada conductor intentaba salir como podía. Durante varios minutos predominó una lógica muy cercana al "sálvese quien pueda". Y no dejaba de pensar que esa situación también era consecuencia de la ausencia de comunicaciones.


Luego de esa experiencia, de ver también el compromiso del movimiento estudiantil haciendo su trabajo y de retirarnos con un sabor tan amargo y con tanto miedo encima, confirmé algo que ya venía sintiendo desde que comenzó esta tragedia. No se percibía un Estado organizado, desplegado y preparado para atender una emergencia de semejante magnitud. Por eso resultaba tan importante la llegada de la ayuda internacional, que comenzaba a arribar al país durante la noche del 25 de junio.


Ya para el 26 de junio las cifras oficiales de víctimas fatales estaban por alcanzar las mil y las de heridos a tres mil. Las labores de búsqueda continuaban con la esperanza de encontrar sobrevivientes, aunque también era evidente que, mientras más tiempo transcurriera sin maquinaria especializada, sin recursos suficientes ni una coordinación mucho más eficiente, esas posibilidades comenzarían a reducirse. Y es que sin duda alguna, lo que más hace falta en estos momentos es la capacidad de articular esfuerzos entre el Estado, la ayuda internacional y la sociedad civil. Sin embargo, el panorama pareciera indicar que, aunque la ayuda internacional comienza a llegar, el Estado sigue siendo incapaz, incluso en medio de esta tragedia, de despojarse de su actitud autoritaria.


A partir de las ocho de la noche del 26 de junio se anunció que nadie más, salvo quienes contaran con un salvoconducto o una credencial, podría ingresar al estado La Guaira para realizar labores de ayuda humanitaria. ¿Una credencial?, me preguntaba.


¿Cómo se le exige una credencial precisamente a quienes protagonizaron las primeras acciones de solidaridad y ayuda hacia los afectados por estos terremotos? Claro que, de un modo u otro, una emergencia de esta magnitud requiere coordinación. Nadie discute la necesidad de ordenar el ingreso de personas y recursos a las zonas afectadas. Pero justamente en un momento como este el Estado necesita de su propia población. La necesita porque sus instituciones, y quienes las han administrado durante tantos años, evidencian una profunda precariedad producto del abandono, la corrupción y la ausencia de inversión sostenida; porque sus capacidades operativas son limitadas, porque la maquinaria y los recursos especializados resultan insuficientes y porque buena parte de las esperanzas de miles de familias hoy están puestas en el apoyo internacional que comienza a arribar.



En busca de vida en Catia La Mar. — Foto: Fernando Vergara / AP.


Por eso cuesta entender que, frente a semejante vulnerabilidad, la respuesta prioritaria sea militarizar los accesos o restringir el ingreso de quienes, desde las primeras horas, decidieron salir a ayudar.


Si algo me dejó esta experiencia fue comprobar, una vez más, la extraordinaria capacidad que tienen los venezolanos para crecer en medio de las dificultades. Lo vi en quienes abrieron centros de acopio, en quienes cargaron agua y alimentos desde Caracas hacia La Guaira, en estudiantes, vecinos, rescatistas, familiares y voluntarios que, con muy poco, hicieron todo lo que estuvo a su alcance para salvar vidas. Quizás ésa sea la imagen que más me llevo de estos días: un país profundamente golpeado, pero también un país que, incluso en medio del dolor, se niega a renunciar a la solidaridad.


Y aquí queda escrito. Queda escrito no sólo para dejar constancia de una tragedia que marcó la historia reciente de Venezuela, sino también para recordar quiénes estuvieron allí cuando más se les necesitó. Nosotros seguiremos haciendo lo que nos corresponde: documentar, contar y preservar la memoria de estos días. Porque cuando el polvo finalmente se asiente y comiencen las tareas de reconstrucción, también hará falta recordar cómo respondió un país entero ante el dolor de los suyos.


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