El relato oficial de una transferencia limpia y competitiva choca de frente con la realidad de los nombres que ya caminan los pasillos del poder para quedarse con el negocio del agua.
Por un lado, Mauricio Filiberti, “El señor del cloro”, corre con la ventaja de ser el proveedor monopólico de los insumos químicos esenciales para la potabilización a través de Transclor, operando plantas incrustadas en los propios predios de AySA.
Su sociedad implícita con José Luis Lingeri, el histórico jefe sindical que retiene el 10% de las acciones mediante el Programa de Propiedad Participada, le otorga un poder de veto operativo y gremial que asusta a cualquier oferente extranjero.
Para peor, en este escenario cerrado se meten los hermanos Patricio y Juan Neuss a través de Edison Energía, el consorcio que comparten con los dueños de Newsan y Havanna.
Los Neuss no son competidores genuinos que vienen a desafiar el monopolio técnico de Filiberti, sino los mayores beneficiarios de la ola de privatizaciones de la gestión actual, apalancados por su estrecha relación con Santiago Caputo y su rol como financistas de la Fundación Faro.
Tras quedarse con la estratégica Transener en una polémica licitación marcada por la sospechosa caída del sistema de carga electrónica, y habiendo avanzado sobre las hidroeléctricas del Comahue, los pozos de YPF y ahora Metrogas, su llegada a AySA termina de configurar una simulación de competencia.
La licitación promovida por el Palacio de Hacienda se reduce así a un traje a medida, donde el activo estratégico del agua se dirime en un pacto de conveniencia entre el histórico dueño de los insumos, el sindicalismo amigo y el círculo de empresarios más cercano a la cúpula gubernamental.
El protagonismo de la empresa estatal israelí Mekorot en el proceso de AySA funciona como el engranaje internacional perfecto para legitimar el negocio local de Mauricio Filiberti.
Originalmente, el gobierno de Javier Milei buscó instalar a Mekorot como la principal candidata extranjera para quedarse con las acciones.
Sin embargo, ante el revuelo político y normativo -dado que los propios estatutos de la firma israelí le prohíben adquirir y poseer activos operativos fuera de su país-, sus directivos debieron salir a aclarar que no comprarán la empresa. Pero aparecen con el señor del Cloro.
