«Vivimos un tiempo difícil donde la solidaridad y también la empatía necesaria se imponen», dijo Colombo en diálogo con Radio Mitre. La advertencia no llegó en el vacío: informes privados ya venían advirtiendo que la falta de actualización en los ponderadores de la canasta básica podría estar generando una subestimación del indicador en los centros urbanos más densos.
Dicho de otro modo: los números del INDEC podrían no estar capturando la magnitud real del problema.
Consultado sobre la convivencia de sectores económicos en expansión, como la actividad hidrocarburífera en Vaca Muerta, con la penuria que se vive puertas adentro de los barrios, Colombo fue directo: «En los grandes centros urbanos la situación es muy complicada». La prosperidad, parece, no se distribuye ni en geografía ni en tiempo.
Pero la crisis no se agota en el hambre. Colombo denunció que hace meses el Estado dejó de pagar los fondos destinados a prestaciones de personas con discapacidad, lo que provocó lo que él mismo llamó «un decaimiento grande de las obras».
Los cotolengos de Don Orione fueron mencionados como ejemplo: dependen de esos recursos para pagar a los profesionales que sostienen sus centros.
Ante este cuadro, la Conferencia Episcopal envió una nota formal al Ministerio de Salud. Colombo no ocultó la gravedad del tono empleado: «La utilización de esa frase marca la gravedad del emergente y la necesidad de que se pongan en funcionamiento todos los mecanismos del Estado para resolver esta temática cuanto antes».
Al mismo tiempo, dejó abierta una ventana al diálogo: dijo esperar que en los próximos días algunos funcionarios se reúnan con representantes del Episcopado para revisar los datos y chequear los convenios incumplidos.
Fiel al estilo de los obispos, Colombo se cuidó de no caer en la lógica de la confrontación abierta con el Gobierno. «Nosotros en realidad siempre estamos pensando en función del bien común. Nunca es en el tono de una oposición política o partidaria», aclaró.
También llamó a «desarmar las palabras» en el debate público y a comunicarse «sin agraviar, sin ofender, pero haciéndose escuchar en lo que tiene de justo».
Un mensaje que, en el contexto de la retórica del gobierno de Javier Milei, suena a interpelación directa aunque se formule en clave pastoral.
El arzobispo cerró con una frase que resume el rol que la Iglesia reivindica en este momento: «La desatención que se haga de estos pedidos puede repercutir sobre todo en lo que más nos afecta, que es no poder llevar lo que pedimos por la gente».
En el fondo, el mensaje es simple y contundente: los datos pueden bajar en un papel; el hambre, por ahora, no.