Más allá del número general, la principal señal de alerta surge de la dinámica de la inflación subyacente. En marzo, la inflación núcleo se ubicó en 3,2%, con una aceleración frente al mes previo y superando el piso del 3%.
Se trata de un indicador clave porque excluye los componentes más volátiles (estacionales) y regulados, y por lo tanto refleja con mayor precisión la tendencia de fondo de los precios. En ese sentido, el dato confirma que la nominalidad de la economía se mantiene en un escalón más alto del previsto.
Según coinciden distintas consultoras, la inflación núcleo viene mostrando una resistencia persistente a la baja: desde fines del año pasado se mueve en torno a valores cercanos al 3% mensual, lo que evidencia que el proceso de desinflación perdió tracción y enfrenta mayores rigideces.
El relato se cae definitivamente cuando nos enfrentamos diariamente a la góndola del supermercado. La desaceleración inflacionaria cruje bajo 10 meses consecutivos de precios al alza, y ni el dólar pisado ni los bajísimos niveles salariales y de consumo consiguen frenar la disparada.
El correlato histórico entre la suba del tipo de cambio y el aumento de la inflación en la Argentina parece haber encontrado un nuevo y extraño capítulo. El gobierno de Javier Milei es un loco experimento en el cual no hace falta que el dólar suba para que los precios también trepen. Al contrario, lo que debería ser un ancla anti inflacionaria, mantener el dólar pisado, no funciona para el barco a la deriva que es la economía de Caputo y Milei.